Valle Fértil

Luego de casi 10 hs de viaje llegamos a San Agustín del Valle Fértil en San Juan. Nos dirigimos al Hostel Valle de la Luna donde habíamos reservado 3 días de alojamiento.
Gran sorpresa: faja de clausurado.
Fuimos a la Dirección de Turismo donde nos dijeron que tenían un problema de papeles con los bomberos, pero que los dueños, que son de Mendoza, no estaban y que nadie les daba solución a las personas que llegaban.
Llamamos por teléfono a Mendoza pero no hubo respuesta, así que nos pusimos a ver cabañas para alquilar en Turismo. Luego de elegir tres, fuimos al auto frente a la plaza y ahí nos contactó una mujer para ofrecernos un departamento muy cerca, al lado de su casa. Resultó muy cómodo y acordamos alojarnos ahí por 120 pesos por día —el hostel cobraba $88—, con una habitación grande con una cama matrimonial y tres camas simples, cocina-comedor, TV y garaje con media sombra dentro de la vivienda. La atención fue muy buena. Al regreso hice el reclamo al hostel y me reintegraron el depósito que habíamos hecho para la reserva.

Valle de la Luna

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—Cuatro entradas para el Valle de la Luna. Soy fotógrafo, así que me gustaría también hacer el recorrido a la tarde y luego a la luz de la Luna llena.

—No hay problema a la tarde, le cobro una sola visita, pero la de la noche se hace desde dos días antes y dos días después de la Luna llena, que es el jueves, y hoy es lunes…

—Yo llamé desde Rosario a la Dirección de Turismo y me informaron que se podía hacer desde cuatro días antes hasta cuatro días después.

—Déjeme que consulto.

—Mire, me vine desde 1000 km para hacer esta excursión, así que vea cómo hacer para que podamos ir esta noche.

Al rato…

—No se preocupe, alguno de los muchachos los va a acompañar a partir de las 20:30. Eso sí, la entrada se paga aparte: $15 por persona y 30 pesos extras para el guía.

—Muchas gracias.

A esa hora salimos en nuestro auto con Daniel Pereyra, nuestro guía, y recorrimos todo el valle. Normalmente la excursión nocturna se hace solamente hasta la cancha de bochas. Volvimos a las 23:30 luego de una experiencia increíble.

Talampaya

Cuando realizamos la excursión al cañón, le comentamos al guía sobre nuestra visita nocturna al Valle de la Luna de la noche anterior. Nos comentó que en Talampaya también se hacía, aunque todavía no estaba ofrecida en la página web del parque.

Apenas me enteré y viendo que el clima estaba muy bueno, decidimos ir a Villa Unión —a 70 km— para alojarnos y volver a las 19:30 para otra noche de Luna llena.

Éramos los únicos, así que salimos en una combi —en Talampaya no dejan entrar con automóviles particulares— con dos guías, Fabián y Jaime Páez, y el guardaparque en una camioneta.

Recorrimos la zona del Jardín Botánico y desde ahí fuimos caminando hacia la salida en la zona del cañón. Acompañados por el guía pudimos acercarnos a la pared norte, que normalmente está vedada por riesgo de desprendimientos. Mirando hacia arriba, la curvatura de la pared de 150 metros sobre nuestras cabezas realmente impresionaba, más aún de noche con el cielo estrellado.

Luego de un brindis con vino riojano y nueces, volvimos a las 22:30. De ahí regresamos a Villa Unión para dormir, ya que al día siguiente nos esperaba la primera visita a los Seismiles en Laguna Brava.

El Hostel de Sajuil

Como no había disponibilidad en la Hostería Municipal de Fiambalá durante el primer día de nuestra estadía en Catamarca, reservé en el Villa Rosenda Hostel de Sajuil por ese día y los otros dos en la hostería, que es muy recomendada.

Llegamos a Fiambalá a las 18 hs luego de cruzar la Cuesta de Miranda y pasear por Chilecito y la mina de oro La Mejicana. Pasamos por la hostería para confirmar la reserva para el día siguiente y ahí vimos que la goma delantera izquierda estaba baja. En la ruta había pisado un arbusto con espinas y me temía que podía pasar eso. Mientras nos reparaban la goma, que tenía dos pinchaduras, nos alcanzó el conserje de la hostería para decirnos que la reserva era para ese día y no para el siguiente. Luego de varias idas y vueltas, y con los datos que yo tenía sobre con quién había hablado y qué número de habitación me habían dado, se aclaró el tema. Igualmente tenían disponibilidad, pero ya habíamos pagado el hostel por adelantado.

Ya entrada la noche salimos para Sajuil, a 10 km al norte. Entre sombras y mucha tierra levantada por el viento Zonda tratamos de ubicar el hostel, pero nadie sabía indicarnos cómo llegar. Al final unos muchachos nos guiaron hasta un cartel en el camino, ya en las afueras del pueblo, donde doblamos a la derecha. Entre sembrados y alambrados nos volvimos a perder. Estaba muy oscuro y, por más que las luces largas iluminaban, no se veían más que algunas luces lejanas.

Luego de pasar por un comedor que no era el hostel y con algo de intuición, llegamos a la construcción de adobe totalmente a oscuras. “¡Otra vez sopa!”, dijimos. No había nadie que nos atendiera y menos aún gente en la calle. Al final apareció un hombre en bicicleta al que le habíamos preguntado en el camino. Al vernos perdidos, nos siguió y avisó a una vecina de nuestra llegada.

Nos dijo que el dueño había salido y que ella nos iba a acomodar. El hostel estaba en remodelación, con baños nuevos y bastante confortable, salvo que una vez que nos ubicamos empezaron los problemas. Primero enchufé la heladera para guardar alguna comida perecedera y nos quedamos a oscuras inmediatamente. Por suerte Patricia había visto un disyuntor en la habitación del dueño, así que pudimos reponer la luz después de buscar linternas en el auto y de ir a la casa de la vecina para averiguar qué pasaba.

Luego de cenar y ya con el termotanque encendido, nos fuimos a bañar, pero ¡oh, sorpresa!: de los dos baños solo salía agua de una canilla de la pileta y encima estaba fría.

Nos fuimos a dormir “muy contentos” y al día siguiente el dueño se quiso justificar por los problemas, pero era obvio que el hostel no estaba terminado. Lo estaban preparando para el Rally Dakar de enero de 2009, que pasaría por ahí. En la Hostería de Fiambalá también estaban ampliando por ese evento.

Al regreso le mandé un par de correos electrónicos de “agradecimiento” a la hija del dueño, que vive en Catamarca y con quien traté para hacer la reserva, a un precio 50% más caro que la Hostería de Fiambalá. Los transcribo parcialmente:

“Según la página web:

‘El Hostel está abierto las 24 horas, brindando los servicios de cocina, lavadero, comedor, asadores a los pasajeros y alquiler de tablas de sandboard’.

Cuando llegamos estaba cerrado, siendo las 20 hs, y si no fuera por la buena voluntad de un vecino que nos siguió, nos hubiésemos ido sin saber a quién recurrir.

‘Baños compartidos, uno para hombres y otro para mujeres. Alquiler de toallas a pasajeros’.

En esto tiene razón. Fui muy iluso al pensar que un baño tenía que tener agua.

‘Cocina totalmente equipada con utensilios para cocinar a disposición del pasajero, además heladera y asadores en el patio. Amplio comedor para dieciocho personas’.

Heladera que hace saltar los tapones de todo el hostel y no funciona.

Que esté autorizado por la Municipalidad de Fiambalá y la Secretaría de Turismo de Catamarca no me garantiza nada; los hechos hablan por sí solos.

Y no alardee de la cantidad de visitantes que recibe y de la necesidad de reservar con depósito por adelantado. Ese día no habían tenido ni un cliente y para el día siguiente apenas iban a recibir un par de personas, según su padre.

Aprenda del servicio que brinda la Hostería Municipal de Fiambalá, que hace las reservas de palabra, trabajando con capacidad 100% ocupada.

Seguramente la gente que vendrá para el Dakar está acostumbrada en África a llevarse su propia agua, sus baños químicos y sus heladeras portátiles. Lamentablemente todo eso no cabe en mi automóvil.”

Cómo romper un neumático en una lección

Regresamos muy cansados del Paso de San Francisco. En el camino de vuelta, el Valle de Chaschuil, a más de 3000 metros de altura, se volvió una tortura por lo interminable y por el dolor de cabeza y la modorra muy intensa. El resto de la familia, obviamente, dormía profundamente. El famoso “soroche” o mal de altura me había afectado durante la bajada, mientras que en la subida no me había afectado.

Nos alojamos en la Hostería Municipal de Fiambalá y justo había un corte de energía eléctrica en todo el pueblo. Como no había agua para bañarse durante un par de horas, aproveché para dormir una buena siesta.

Al anochecer, ya todos descansados y bañados, subimos al auto para ir a cenar a un restaurante cercano a la hostería. No me di cuenta de que el estacionamiento tenía una salida por atrás e intenté girar en U en un espacio bastante reducido para los cinco metros del Nevada.

Un piso de cemento a ras del estacionamiento se convertía en un cordón bastante alto por el desnivel del terreno. Con las ruedas totalmente giradas y a apenas 5 km/h golpeé contra ese cordón e instantáneamente se desinfló la goma. Una alegría invadió mi ser.

El criquet se hundía en la tierra y apenas pude sacar la rueda averiada, pero la de auxilio no entraba. Al final estrenamos el gato a pistón de un amable cordobés que estaba estacionando su flamante 4×4. Costó encontrar dónde calzar el dispositivo, pero finalmente pude cambiar la rueda y nos fuimos a cenar. Fue el broche de oro para un día muuuuyyyy largo.

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Eduardo Pulver – Todos los derechos reservados